Mi parto natural, el nacimiento de Arlet

Hace un par de semanas que Arlet cumplió los seis meses, ¡medio año de ese momento en que cambiaron nuestras vidas! Y como hice con Martí y su relato de parto inducido, ha llegado el momento de contaros como fue el parto natural de mi bebita.

Los pródromos

El lunes 21 de octubre, a las 37 semanas y 4 días, fui con mi marido a nuestra primera (y última, pero eso no lo sabíamos. De hecho teníamos intención de volver a la semana siguiente) a una clase de preparación al parto con una fisio en la que haríamos una sesión de dilatación.

Fui hasta el centro de fisioterapia con mi marido (Martí estaba con mi madre), y desde casa hasta allí, que son unos 20 minutos andando a ritmo de embarazada a término, me dieron algunas contracciones. Eran como las que llevaba semanas teniendo: suaves, indoloras y totalmente soportables.

Una vez allí, mientras nos enseñaba posiciones para mí durante el periodo de dilatación, me dio alguna contracción muy suave. La verdad es que fue una tarde divertida, para nosotros dos solos, en la que conectamos y en la que, seguramente, empezó todo sin saberlo.

Cuando terminamos, fuimos a casa de madre a buscar al peque, y fuimos para casa a cenar. Las contracciones empezaron a aumentar en frecuencia, y también un poco en intensidad. Seguramente la sesión de ejercicios (aunque no era ejercicio como tal, sino más bien aprender a encajar nuestros cuerpos para transitar el dolor) había hecho su magia.

Pero no era nada preocupante, me ponía de pie agarrada al zapatero de la entrada, que es un mueble alto, respiraba pausadamente, atravesaba la ola, y se me pasaba. Durante la cena igual, y por la noche seguí teniendo pero me dejaron dormir y descansar.

Todas esas contracciones eran pródromos. El parto se acercaba, pero podían pasar horas, días e incluso semanas… Notaba como mi cuerpo se iba preparando, pero con Martí me pasó igual y llegué a las 41 semanas sin dilatar más de 1cm… Así que pensé que podría pasar lo mismo esta vez, y me dejé llevar, sin pensar demasiado en el momento del parto.

Al día siguiente, martes 22 de octubre, lo pasé tranquila en casa con mi niño, jugando y preparando la bolsa para el hospital (¡y menos mal que me dio por dejarla preparada del todo!). Y también grabando Stories contando lo que metía (lo podéis ver en los destacados de mi cuenta de Instagram). ¡Imaginad lo poco que pensaba en la inminencia del parto!

Durante esa mañana seguía con contracciones de pródromos, nada regulares, muy soportables. Respiraba, y Martí juega conmigo cuando me apoyaba en la mesa o en la pelota para soportarlas mejor. Estábamos los dos solos, comimos tranquilamente y nos dormimos una siesta juntos.

Ahora que lo pienso fríamente, me gusta el último día de hijo único que pasó ♡

Pero… ¡Ay! Por la tarde todo empezó a cambiar… El parto estaba muy cerca, lo presentía en cierta manera, pero era incapaz de creérmelo… ¡Si solamente estaba de 37+5!

La dilatación

La tarde del 22 de octubre, martes, expulsé un buen trozo del tapón mucoso. De primeras me quedé un poco en shock, sin saber qué era esa mucosidad rosada que había en el papel tras limpiarme al ir al baño. Le hice una foto y mi tía gine me dijo que era el tapón mucoso.

Luego recordé que con Martí, tras hacerme la maniobra de Hamilton, fui al baño en el mismo hospital antes de irnos y también salió un trocito. Pero con él no significó que me fuera a poner de parto…

Las contracciones empezaron a doler un poco, eran más intensas, pero cortas. Siempre dicen eso de que las contracciones de parto duran un minuto, y que cuando son cada 5 minutos es cuando hay que ir al hospital, ¿verdad? Pues como las mías no eran así, sino que algunas no llegaban a medio minuto, ni seguían un patrón regular… Pues no podía imaginar que sí, que estaba dilatando en casa. ¡Justamente lo que yo siempre había querido! Aunque quizás, siendo un poco más consciente…

Estuve hablando con mi madre, le iba retransmitiendo todo en directo. Y ella sí estaba convencida de que estaba de parto. Me dijo que cuando mi marido llegara a casa le llevara al niño y nos fuéramos al hospital, y si era una falsa alarma, pues para casa que no pasa nada.

Al principio no estaba yo muy convencida, pero al final, viendo que no se me pasaba llamé a mi marido para decirle que no tardara en venir y llevar al niño a casa de mi madre. Que le necesitaba conmigo porque creía que estaba de parto.

Entre que llegaba y no llegaba, las contracciones empezaban a ser más fuertes y más seguidas. Intenté cronometrarlas con alguna app, pero eran tan cortas que yo seguía pensando que no estaba de parto. ¡Qué ilusa!

Empecé a tener la necesidad de ponerme de rodillas y apoyarme en la pelota para pasar las contracciones, o encima de la cama a cuatro patas… Y gritar, necesitaba gritar con cada una de ellas.

Yo no tenía ni idea, pero estaba dilatando la mar de rápido, y como no podía creer que estuviera a punto de parir, seguía paseando por casa y metiendo cosas en la maleta del hospital, ¡porque la mía no la tenía lista!

Entre medio de las contracciones podía seguir hablando, caminando, y haciendo “vida normal”. Por eso no me lo podía creer, porque estaba bastante bien 🙂 Pero sí, sí, sabía que estaba de parto. De hecho, le había pedido a mi marido que antes de llegar a casa pasara por Ikea a coger un par de cortinas que necesitábamos, que le daría tiempo de sobras…

Y cuando estaba metiendo mis camisones, y demás cosas en la maleta, una contracción encima de la cama, a cuatro patas y con la cabeza en la almohada… ¿Y qué hizo mi pequeño matrón? Gritar “¡un túneeeeeel!” y meterse por debajo… Dolor y risas a la vez, ¡os juro que debe ser la contracción más divertida de la historia!

Después fui a por el secador de pelo y unos peines, pero sólo fui capaz de abrir el cajón y tuve que ponerme en el suelo, y pedirle al pequeño matrón que lo guardara él en la maleta… Luego volvió, me agarró la cabeza y la empezó a mover, cuando me pasó el dolor me miro a la cara y me dijo “¿estás mejor?”. ¡Como para no estarlo! Con semejante ayudante…

Con esas dos contracciones, volví a llamar a mi marido y le dije que nada de Ikea, que a casa directamente. Y cuando llegó, dejó el coche mal aparcado y subió rápido para meter las maletas en el maletero, poner al niño en la silla y recogerme justo en la puerta de casa. ¡Ya casi no podía ni caminar!

Bajé las escaleras como pude, parando por una contracción. Y al llegar abajo, mientras esperaba a mis chicos, otra. Llegaron los vecinos: “Hola qué tal”, “Pues aquí, que creo que estoy de parto”. ¡CREO! Jajajaja

Llevamos al peque a casa de mi madre, que cuando me vio la cara supo que no volveríamos a por él esa noche. Le expliqué a Martí que su hermanita seguramente quería salir ya de la tripita, ¡y qué contento se puso! Le di un beso y un abrazo, y nos fuimos.

Las contracciones en el coche sin poder moverme fueron las peores… Como aún no había roto aguas mi marido me puso un empapador en el asiento trasero del coche, que es donde iba.

Al llegar al hospital aparcamos en urgencias, y cuando iba a bajar del coche llegó el guardia para que lo cambiaramos de sitio… ¡Quise matarlo! Una vez puesto donde nos había pedido, me subí en la silla de ruedas que había traído para mí. No estaba segura de necesitarla, pero así entre contracciones mi marido empujaba rápido. Y cuando me venía otra (bastante seguidas ya) le pedía que parase, me ponía “cómoda” y la pasaba.

Del mostrador nos enviaron a ginecología directamente, y una vez allí llamamos al timbre (así funciona en el Hospital General de Catalunya) y vino una auxiliar (creo, porque por lo que oía que hablaba no era matrona). Me preguntó qué me pasaba, y yo, retorcida en esa silla y con el barrigote, le dije “¡Pues que estoy de parto!”. Si es que…

Me hizo pasar, y pidió una sala para mí, diciendo que estaba soplando o algo así, ya no me acuerdo, pero fue un poco antipática…

Cuando llegamos a la sala de dilatación vino una matrona, Roser, que me puse la vía con el antibiótico por mi positivo en estreptococo. Era súper agradable y respetuosa, me sentí en buenas manos.

Me pidió permiso para hacerme una exploración, accedí al tacto, me miró a la cara y me dijo… “¡Estás en completa!”. Me preguntó si podía mirarme otra matrona (ella era jovencita y la otra más mayor, quizás por asegurarse con la experiencia de la otra…). Accedí, y vino otra matrona, más antipática, y con muy poco cuidado.

Me iba a hacer el tacto justo en medio de una contracción… Con mala cara se esperó a que me pasara, y dijo que estaba de 9cm. Le dijo a mi marido que fuera a recepción con los papeles del ingreso, pero Roser, mi ángel, le dijo que ya se encargaría alguien pero que él no se podía ir porque se perdería el parto. Y así hubiera sido, porque fue todo muy rápido.

mi parto natural en el hospital general de catalunya

El parto natural de mi segunda hija

Estaba alucinando, había llegado al hospital en dilatación completa, y yo pensaba que aún me quedaría mucho. ¡Hasta en el coche quise pedir la epidural creyendo que me quedaban horas y que no podría soportar tanto dolor! Pero al oír las palabras de la matrona, me animé y pensé que ni de coña, que yo quería un parto natural y ya tenía mucho ganado.

Llegó la gine, que casualmente era la mía (la Doctora Rodellar) que estaba de guardia, y me puso un momento el monitor para escuchar a la niña. Como estábamos las dos bien, me dijo que si quería podía levantarme, que estaba tan avanzada que no me iba a monitorizar continuamente, ¡tenía libre movimiento! Punto a favor del parto de mis sueños.

Roser me preguntó si quería una pelota y una colchoneta, y le dije que sí, porque mi cuerpo me pedía estar en el suelo. Lo preparó todo forrado de empapadores, me puse de rodillas y apoyé la cabeza, el pecho y los brazos en el balón de fitball. Con mi marido a un lado, agarraba su mano con cada contracción. Cada vez más fuertes, más dolorosas, pero me dejaban descansar un poco entre una y otra. Incluso recuerdo que la gine hizo alguna broma, y me medio reí.

Cuando ya estaba eso preparado, y yo pasando contracciones, Roser me dijo que si quería me podía poner música relajante y calor. Le dije que sí, a ambas cosas, ¡ni me acordaba de mi lista de reproducción!

Me dejaba llevar por cada contracción, gritaba, empujaba… Tenía a la matrona tras de mí, arrodillada, y me puso calor también en el periné, me aliviaba muchísimo. La gine sólo miraba, estaba de pie apoyada en la camilla, era yo quien llevaba el ritmo de mi parto.

En una contracción bastante fuerte rompí la bolsa, como una cascada, y una sensación de alivio siguió a ese momento. Rápidamente la pequeña quiso abrirse paso, y yo sentía que ya no podía… Que no tenía fuerzas para sacarla yo sola, que me tendrían que ayudar otra vez…

Pensé que no podía, que me rendía… Pero mi marido, la matrona y la gine sólo tenían palabras de ánimo para mí. ¡Sí que puedes! ¿Quieres tocarla? Puse la mano y toqué su cabeza, ¡ya estaba aquí! Con todas mis fuerzas, en la siguiente contracción empujé muy bestia y noté el aro de fuego. ¡Dios mío cómo dolía! Pero al salir la cabeza volví a tener esa sensación de alivio, que rápidamente desapareció para dejar paso a otra contracción con la que salió su cuerpecito húmedo. Otra vez sentí alivio, y satisfacción, y descanso…

Y entonces la cogí en entre mis piernas y me la acerqué al pecho para abrazarla. Era gordita, resbaladiza, cubierta de vernix caseoso, de color gris… Mi marido se puso detrás de mí, yo estaba de rodillas y me apoyé en su pecho.

La matrona ahora estaba delante de mí, ya sin la pelota. Para levantarme y ponerme en la camilla para alumbrar la placenta teníamos que cortar el cordón, era muy cortito (el de Martí también lo era). Ya estaba blanco, había dejado de latir, y mi marido lo cortó.

Me ayudaron a levantarme, yo solamente me encargaba de sostener a mi cachorrita. Me tumbé en la camilla y alumbré la placenta. Dolió un poco, ¡pero nada que ver! Ni con los dolores del expulsivo, ni con cuando me la sacaron tras el parto de Martí. Esta vez salió sola, empujando un poco. La gine me cosió el desgarro, y Arlet se agarró al pecho por primera vez.

Y así fue mi parto natural en el Hospital General de Catalunya. Un parto soñado. Del que ya apenas recuerdo el dolor. Y que reviviría una y otra vez.

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